23 Jul Los jóvenes y los problemas de atención en el aprendizaje.
Los que hicimos la E.G.B recordamos la serie de televisión “Yo Claudio” que se estrenó en 1978, en la primera cadena de televisión española y acabó siendo un éxito de audiencia. Se narraba la vida de Claudio, emperador de Roma, que al acercarse el final de su vida decide escribir la historia de su familia (dinastía Julio-Claudia). En un solo plano fijo en la pantalla, sin ningún efecto especial, con decorados de cartón piedra, ausencia de batalla alguna, ni luchas de gladiadores o carreras de cuadrigas, se mostraban los diálogos de los personajes dentro de las salas de un palacio que centraban nuestra atención.
Yo tenía 13 años cuando vi esa miniserie y la sigo recordando como un producto de calidad. Si la recuerdo es porque me dejó una huella en la memoria. Verla no fue una cuestión sólo de motivación; más bien fue una decisión condicionada por la escasa oferta de ocio y distracciones de aquellos años. La alternativa a “Yo Claudio”, en la televisión, era ver el programa que emitía la segunda cadena.
Hoy una serie así tendría difícil cabida en la parrilla de los programas de televisión (quizás la emitirían en la TV2 y en horario nocturno).
En la actualidad niños y jóvenes tienen innumerables estímulos a su alrededor, que de forma continua provocan atracción hacia nuevas tareas y que de manera inconsciente les impulsan a decidir en qué ocupar su tiempo y atención, en cada momento. Cada una de esas tareas que seducen nuestro cerebro y prometen una recompensa inmediata, cargan su memoria de trabajo. En este contexto resulta agotador filtrar la atención y ser conscientes de cuál es la tarea más importante y eliminar las interferencias. Nos falta tiempo ante tanta oferta de estímulos y cuesta renunciar a ese cambio de escena que, por desconocida, provoca una especial persuasión..
Todo ello afecta a la función ejecutiva del cerebro (vinculada con la memoria de trabajo) que mantiene disponible toda la información importante para hacer planes, llevarlos a cabo y elegir los pasos necesarios para su consecución. Una función esencial para el aprendizaje.
Esa memoria de trabajo es inconstante y se satura al tener que decidir continuamente, entre varias opciones, a qué atendemos en primer lugar para priorizar una tarea. Tal y cómo señala Stefan Klein en su libro “El Tiempo”: “nunca antes se le había exigido tanto a ese administrador de la cabeza (la función ejecutiva del cerebro) como hasta ahora”. Por tanto, podemos concluir que nunca antes una generación de estudiantes se ha tenido que enfrentar con este nuevo reto, que forma parte de su existencia.
Ante la percepción de que el tiempo es escaso, jóvenes y adultos nos hemos familiarizado con la necesidad de aprovecharlo al máximo y hacer varias cosas a la vez.
Las dificultades que pueden tener algunos jóvenes para focalizar su atención en el aprendizaje, en la sociedad actual, se ven agravadas en aquellos que padecen algún trastorno que les afecta a los neurotransmisores del cerebro (noradrenalina, dopamina…) relacionados con su función ejecutiva y a los que concentrarse les supone una lucha continua. Pienso, entre otros, en el alumnado afectado por el TDAH, con un verdadero problema para ordenar sus propósitos, planificar sus acciones y conseguir sus objetivos. El tiempo se les escapa, en una sociedad que exige velocidad en su consumo para realizar el mayor número de actividades.
Esta nueva realidad hace imprescindible repensar nuestro modelo de enseñanza y aprendizaje. Porque ese tiempo que vive esta generación, y que dificulta la percepción consciente del momento presente y la concentración ante la cantidad de información que recibimos, no puede abordarse con la misma metodología y evaluación que aplicábamos en tiempos ya pretéritos. No funcionan ante esta nueva complejidad; necesitamos innovar para encontrar nuevas fórmulas que permitan avanzar a nuestro alumnado hacia la consecución del máximo desarrollo de su personalidad en la sociedad en la que vivirán.
Para Stefan Klein existen tres factores decisivos que afectan a la capacidad de prestar atención: el talento personal, la carga del estrés y la motivación. En definitiva el autor hace referencia a una mezcla de condiciones genéticas y de aprendizajes.
La atención es una competencia del ser humano. Quizás la fundamental para ser capaz de definir su propio itinerario de desarrollo personal en un proceso de aprendizaje autónomo y permanente a lo largo de la vida.
En un mundo con constantes cambios, lleno de oportunidades y riesgos para la salud mental del ser humano, la acción de atender y controlar los pensamientos y sentimientos será un valor que habrá de cuidarse. Y como cualquier capacidad, la capacidad de concentración se puede entrenar; por tanto se debe enseñar y practicar en la escuela, incorporando su desarrollo de manera transversal, en el aprendizaje de las diferentes áreas y materias.
¿Y la motivación?. Nuestro sistema educativo la define como uno de sus principios, junto al del esfuerzo del alumnado.
Al ser el aprendizaje una carrera de fondo se hace más difícil para los jóvenes, en edad de escolaridad obligatoria, imaginar el futuro y ver la recompensa al final del proceso. Pero si son conscientes de las victorias parciales que ofrece ese camino, mediante la evaluación formativa y sumativa que refuerza su autoestima; les ayudamos a sentirse mejor, a mejorar su capacidad de autocontrol y a aprender a adaptarse a las circunstancias que les rodean. Porque “lo que anhelamos suele estar lejos, en cambio los actos vienen determinados por objetivos a corto plazo” (Stefan Klein, “El Tiempo”.)
El filósofo Heráclito acuñó la frase: “Todo fluye, somos y no somos”. Vivimos el transcurso del tiempo por el movimiento y el cambio constante en el que se encuentra sumido el ser humano y el mundo. Para este pensador la mayoría de las personas viven relegadas en su propio mundo; ajenos a la realidad del cambio continuo. Y esta verdad atemporal, afecta al propio sistema educativo.
La inercia del sistema educativo parece tener vida propia y padece las mismas circunstancias de la sociedad a la que debe servir, sobrecargando de tareas a los profesionales de la educación con el objetivo de maximizar el tiempo disponible, lo que dificulta concentrarse en generar los contextos idóneos para aplicar nuevas estructuras de aprendizaje a esta realidad tan compleja que vive nuestra juventud.
Si el sistema no cambia y se adapta a este tiempo vertiginoso entrará en una obsolescencia programada con apariencia de modernidad, pero ineficaz para atender a quienes más lo necesitan. Porque entender el cambio, tal y como señala Michael Fullan, es entender a las personas, no en general, sino a las personas en particular, a las que prestamos el servicio público de la educación.
Ese debe ser nuestro compromiso.
Juan José Arévalo Jiménez
auladeinspeccion@gmail.com
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