16 Nov LA DEUDA COGNITIVA EN NUESTROS JÓVENES: EL ÚLTIMO DESAFÍO PARA EL SISTEMA EDUCATIVO.
Durante la pandemia, de la Covid-19, el sistema educativo, consolidado durante décadas en un modelo de educación presencial, se vio obligado a transformarse en apenas días hacia la enseñanza a distancia. Entonces apareció ese concepto referido a «la brecha digital» que sufría el alumnado sin conectividad, ni medios, para seguir ese nuevo modelo. Una especie de novedad que, en realidad, escondía la herida de las dificultades de un sector vulnerable de la población motivada por las condiciones personales, sociales y económicas.
Lo que la pandemia reveló es que no estábamos preparados. El Informe PISA 2018 ya evidenciaba que «la mayoría de los sistemas educativos no están preparados para ofrecer a la mayoría de los estudiantes oportunidades para aprender en línea». Y así fue. Miles de estudiantes se quedaron atrás, no por falta de capacidad, sino por falta de acceso.
Cinco años después de la epidemia, la brecha de acceso tecnológico se ha reducido significativamente gracias a las inversiones procedentes (sobre todo) de los fondos europeos Next Generation. Sin embargo, ahora nos enfrentamos a un desafío radicalmente distinto que nadie había imaginado: la deuda cognitiva.
Un fenómeno que amenaza con debilitar las capacidades mentales esenciales de nuestros jóvenes, precisamente por el uso continuado de las herramientas digitales que utilizan la inteligencia artificial generativa.
Un reciente estudio del MIT Media Lab, titulado «Your Brain on ChatGPT: Accumulation of Cognitive Debt when Using an AI Assistant for Essay Writing» (Kosmyna et al., 2024), aporta evidencias científicas sobre un fenómeno preocupante. La conectividad cerebral se reduce progresivamente según aumenta el grado de asistencia tecnológica. Puedes leer el informe en este ENLACE.
Cuando los estudiantes que habían usado ChatGPT tuvieron que escribir después sin ayuda, mostraron una caída significativa en la activación cerebral. Su cerebro parecía haber «olvidado» cómo realizar el esfuerzo intelectual completo. La paradoja es inquietante: cuanto más cómodo y eficiente parecía el proceso con IA, menos aprendizaje real se producía.
Este concepto de «deuda cognitiva» hace referencia a la pérdida progresiva de capacidades mentales esenciales cuando externalizamos de manera continuada nuestras tareas intelectuales en herramientas de inteligencia artificial.
Cada vez que delegamos en exceso nuestras funciones cognitivas en la tecnología, corremos el riesgo de debilitar habilidades esenciales como la memoria, la concentración, el pensamiento crítico y la capacidad de análisis. Y este riesgo es mayor para la infancia y la juventud, con efectos directos en el aprendizaje, así como en el desarrollo personal y profesional.
En apenas cinco años hemos pasado de la brecha digital a la deuda cognitiva. De la falta de acceso a la tecnología al exceso de dependencia de herramientas que pueden sustituir el pensamiento mismo. De invertir recursos masivos en digitalización a descubrir que esas mismas herramientas pueden erosionar las capacidades cognitivas básicas que sustentan el aprendizaje autónomo y profundo.
Esta secuencia revela un patrón persistente en la política educativa: actuamos siempre en modo reactivo ante el cambio constante que sufre el sistema de enseñanza. Respondemos a las crisis una vez que se producen, pero raramente anticipamos sus consecuencias.
La Recomendación del Consejo de la Unión Europea de 23 de noviembre de 2023 sobre los factores clave que permiten el éxito de la educación y la formación digital (puedes leerlo AQUÍ) tiene una referencia específica a «la necesidad del bienestar digital en el proceso de enseñanza y aprendizaje», que advierte sobre «el riesgo de uso excesivo e indebido de las tecnologías digitales». Además, insta a los Estados miembros a «tener en cuenta las implicaciones del mal uso de tecnologías emergentes como la inteligencia artificial generativa y contrarrestar los riesgos», con una referencia clara a la «alfabetización en IA y un uso crítico y seguro».
Situados en este punto, ¿estamos evaluando el impacto real de la digitalización sobre los procesos de aprendizaje?; ¿disponemos de datos rigurosos sobre cómo está afectando el uso de la inteligencia artificial generativa a las capacidades cognitivas de nuestros estudiantes, cuando muchos jóvenes ya han empezado a desarrollar una dependencia cognitiva de estas herramientas?.
Tendremos un problema estructural si apostamos por relatos y teorías para resolver estos problemas educativos, en lugar de asumir que solo con la evaluación rigurosa y técnica podremos obtener un diagnóstico fiable.
Creo que este tema merece una reflexión sería por parte de las familias y del alumnado. Es necesario acompañar a nuestros hijos e hijas en el uso de estas herramientas, enseñándoles a reconocer cuándo están aprendiendo y cuándo están simplemente consumiendo información procesada por una máquina. El esfuerzo intelectual genuino no puede sustituirse por la comodidad de que otro agente, aunque sea artificial, piense por ellos.
Y para el alumnado, el mensaje es claro: la inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinaria, pero solo si mantienen activo su propio esfuerzo, su motivación hacia el aprendizaje y cultivan la inteligencia. El pensamiento no puede delegarse sin consecuencias.
El profesorado se encuentra, nuevamente, en primera línea de este nuevo desafío que hace más compleja la profesión docente. Es necesario comprender los efectos de estas nuevas herramientas sobre los procesos cognitivos del alumnado y diseñar situaciones de aprendizaje que integren la tecnología sin renunciar al esfuerzo intelectual genuino.
Es fundamental enseñar a los estudiantes a reconocer cuándo están aprendiendo y cuándo están simplemente consumiendo información procesada por una máquina. La capacidad de pensar de forma autónoma, de mantener activa la memoria de trabajo, de construir argumentos propios, debe ser objeto de enseñanza explícita en un entorno donde la tentación de delegar estas funciones en la IA estará permanentemente presente.
Las administraciones educativas deben favorecer el aprendizaje profundo, en la escuela, frente la eficiencia aparente; facilitar recursos, tiempo y formación para que los centros educativos puedan ejercer la autonomía pedagógica que la ley les reconoce y tomar decisiones fundamentadas sobre cómo integrar las herramientas de esta generación de estudiantes en sus proyectos educativos.
El viaje de la brecha digital a la deuda cognitiva nos recuerda una lección fundamental: los acontecimientos sociales y tecnológicos impactan profundamente en la educación, y la política educativa debe anticiparse a estos cambios escuchando al profesorado porque tiene un contacto directo con la realidad, en los centros educativos.
Una vez que hemos cerrado gran parte de la brecha de acceso, se empieza a abrir una brecha de pensamiento. Y aquí está la diferencia fundamental: mientras la primera se medía en dispositivos y competencia digital, la segunda se cobra en memoria, atención y autonomía intelectual.
Conviene tomar medidas ante este nuevo fenómeno. De no hacerlo, corremos el riesgo de formar una generación que, teniendo acceso a todo el conocimiento del mundo a través de sus dispositivos, carezca de la capacidad de comprenderlo, cuestionarlo y utilizarlo para construir su propio futuro.
La pandemia nos obligó a conectar a nuestros estudiantes; ahora debemos asegurarnos de que sigan pensando por sí mismos.
Juan José Arévalo Jiménez
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