Evaluar la respuesta a distancia para afrontar la realidad del curso 20-21
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¿Se han evaluado los resultados posibles de la educación a distancia, con la COVID-19?

Hoy, 14 de septiembre de 2020, se cumplen seis meses desde que se publicó el Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, por el que se declaraba el estado de alarma para la gestión de la situación de crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19 y que señalaba que se mantendrían las actividades educativas a través de las modalidades a distancia y «on line», siempre que resultara posible. Esa posibilidad ya fue una realidad y me pregunto: ¿se ha evaluado?, ¿esas modalidades de enseñanza son una posibilidad o una realidad que habrá que afrontar en el curso 20-21?, ¿de donde partimos?.

Los efectos de la pandemia sobre un proceso de interacción social, como es la educación, han alterado sustancialmente el conjunto de teorías sobre la prestación de este servicio público que se vienen aceptando como el núcleo central del ejercicio de este derecho fundamental; entre otras, la escolarización en las aulas como única vía para alcanzar los principios y fines del sistema educativo en la educación básica obligatoria.

En plena efervescencia de la crisis sanitaria, la respuesta educativa pudo canalizarse gracias a la tecnología y al esfuerzo compartido del profesorado, alumnado y las familias. Terminaba el curso 19-20 y sabíamos que el coronavirus Sars-cov 2, que provoca una ‎enfermedad infecciosa (COVID-19), repetiría curso (puedes leer una reflexión al respecto AQUÍ) y en este caso la respuesta educativa se daría, atendiendo a las previsiones, desde la presencialidad del alumnado y del profesorado en las aulas. O dicho de otra manera, restableciendo el paradigma en el que históricamente se ha movido la educación.

La presencia en las aulas, durante este curso, no dependerá de nuestras decisiones sino de los escenarios de aparición de la COVID-19, que pueden provocar (ya lo está haciendo) el aislamiento domiciliario de parte o todo el personal y alumnado del centro educativo. En estos casos volveremos a los modelos de semipresencialidad.

¿Se han evaluado los resultados de las actividades educativas a través de las modalidades no presenciales, como respuesta que trató de equilibrar la protección de la salud y el ejercicio del derecho a la educación?.

Lo que sí hay son opiniones contradictorias y algunos informes internacionales que valoran el impacto de esta crisis, sobre lo que se ha venido a denominar la “generación covid”. Una generación de alumnos que vivirá, si no hacemos nada al respecto, atrapada entre los efectos de dos crisis económicas y sociales gravísimas (la del 2008 y la actual).

La evaluación forma parte de ese núcleo central del discurso contemporáneo que sustenta el paradigma de la educación; siendo en muchas ocasiones un argumento exclusivamente retórico. La evaluación de la educación no presencial habría de fundamentarse en un proceso sistemático de recogida y análisis de la información, por los centros educativos, que de forma fiable y válida oriente la emisión de juicios de valor, tanto propios como de la Administración, respecto a las debilidades y fortalezas de aquella respuesta, en busca de propuestas de mejora del proceso de enseñanza y aprendizaje en un contexto de pandemia.

Hablo de un modelo educativo diferente, basado en la investigación empírica que en este tiempo se ha realizado en los centros educativos. Existe un valor añadido en el conocimiento y la reflexión sobre la propia acción que han desarrollado los centros educativos, en ese último trimestre del curso 2019-2020, que no podemos desperdiciar y que habría de ser la base para mejorar y hacer realidad (no una simple posibilidad) nuevos entornos de aprendizaje, en los que el profesorado es imprescindible.

Ese valor añadido está en la evaluación interna de los centros educativos (la memoria del curso 2019-2020) que habría de completarse, con el punto de ayuda y contraste de la evaluación externa. Porque como señala Jaime Saavedra, máximo responsable para el ámbito educativo del Banco Mundial, en una entrevista publicada en “El Pais” (puedes leerla AQUÍ): “ni todo es malo en la educación en línea, ni todo es bueno en la presencial, ni lo uno es de buena calidad y lo otro no..” Añado, por ejemplo, que la brecha digital, principal debilidad de la educación a distancia, no es más que el reflejo de las desigualdades personales, culturales, económicas y sociales a las que se enfrenta el modelo educativo presencial y que arroja un triste saldo de falta de equidad del sistema educativo, con la tasa de abandono escolar más alta de la Unión Europea.

dando sentido y dirección a esa posibilidad que planteada por el Real Decreto del Estado de Alarma, sirva para contribuir a reorganizar un sistema educativo, de futuro, que dote de formación en metodología y evaluación, así como de herramientas al profesorado, para conectarse e involucrar al alumnado en el proceso educativo, en cualquier circunstancia.

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