Educar en la resiliencia en tiempos de pandemia
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Pandemia y alumnos resilientes

La educación, como medio, tendría entre sus fines preparar a nuestros jóvenes para la inserción en la sociedad que les rodea, con capacidad de adaptación a las situaciones cambiantes de la sociedad del conocimiento (así aparece recogido en la Ley Orgánica 3/2020, de 29 de diciembre, por la que se modifica la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación); que tiene como una de sus señas de identidad la incertidumbre del cambio (tecnológico, científico, climático, etc). Hoy, además, la COVID-19 supone una gravísima crisis sanitaria, económica y social que tiene y tendrá efectos en parte del alumnado joven que ha de enfrentarse a esta pandemia desde diferentes contextos personales, familiares y escolares; que se han visto gravemente alterados.

Desde esta perspectiva hay que considerar que el efecto de la pandemia en edades tempranas ha supuesto una “parada” en sus vidas, tal y como la entendían, y en su proceso de aprendizaje; por lo que, hoy, habrían de reforzarse aquellas competencias y habilidades transversales que faciliten la recuperación de conocimiento, entre las que destacaría la competencia para aprender por uno mismo y la competencia digital; y aquellas cualidades que favorecen el desarrollo personal a lo largo de la vida, tales como la autonomía personal en la toma de decisiones informadas, la inteligencia emocional como habilidad interpersonal, la capacidad de adaptación ante las circunstancias cambiantes y la resiliencia.

Hablemos de resiliencia. Para empezar, hay que destacar que fue una de las palabras más buscadas en el diccionario de la R.A.E durante el Estado de Alarma decretado por el Gobierno de España, al reconocerse oficialmente la existencia de la pandemia de la COVID-19. Se define como la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos.

Hoy, en plena pandemia, esa palabra forma parte del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, definido por el Gobierno de España en el Real Decreto-Ley 36/2020, de 30 de diciembre, para salvar la grave crisis económica y social, que estamos sufriendo.

PISA y PIRLS, pruebas de evaluación internacionales, analizan el impacto de la resiliencia de alumnos desfavorecidos con relación a sus resultados escolares. Para PISA los resilientes son los estudiantes del cuartil más bajo del índice social, económico y cultural que quedan en el cuartil más alto de la prueba. Es decir, son estudiantes que a pesar de estar en la parte más baja de la distribución socioeconómica de su respectivo país, obtienen los resultados más altos. PIRLS entiende determinante al profesorado en la creación de entornos que fomenten la resiliencia de los estudiantes (Coburn y Nelson; 1994), ya que si el profesorado resulta motivador puede influir positivamente en el desarrollo de la resiliencia. Por el contrario, un docente con bajas expectativas sobre sus estudiantes, desmotivado y carente de metodologías diversas afecta directa y negativamente a los estudiantes (Jadue et al., 2005).

De entre los estudiosos de esta cualidad humana, podemos destacar al neurólogo, psiquiatra y etólogo de nacionalidad francesa, Boris Cyrulnik, autor del libro “Los patitos feos: La resiliencia. Una infancia infeliz no determina la vida”. Para este autor, de origen judío y que sufrió una experiencia traumática en su infancia, la resiliencia se crea en función del temperamento de la persona, de su cultura y del tipo de sostén social del que dispone.

Puede ver una entrevista al autor aquí:

Y es aquí donde podríamos hablar del papel de la educación; porque la resiliencia, como el aprendizaje, son capacidades que podemos desarrollar a lo largo de la vida.

Las personas resilientes se hacen ante la adversidad y en ese proceso será determinante la cooperación y enseñanza de quienes han alcanzado esta capacidad. Detrás de estas acciones subyace, preferentemente, un aprendizaje vicario o aprendizaje social. Se trata de un aprendizaje para niños y jóvenes, por medio de la observación de modelos de resiliencia en su familia, profesores o incluso compañeros. Como señala Albert Bandura “afortunadamente, la mayoría de conductas humanas son aprendidas mediante la observación a través del modelado de otros sujetos”

Para conseguirlo, el sistema educativo puede contribuir, en este tiempo que vivimos, al aprendizaje de esta competencia para “aprender a ser” (así denominada por Jacques Delors en “La educación encierra un tesoro”, al hablar de los pilares de la educación) mediante “un proceso dialéctico que comienza por el conocimiento de sí mismo y se abre después a las relaciones con los demás”

Y para facilitar esta tarea deberíamos ayudar a nuestro alumnado a ser consciente de sus fortalezas y debilidades (mejorar su autoconocimiento) posibilitando que tracen metas más objetivas acordes con sus recursos; potenciar su creatividad e imaginación para desafiar situaciones adversas; darles confianza en el ejercicio de sus capacidades; ofrecer las dificultades como entornos de aprendizaje; afianzar sus emociones positivas y rodearles de un entorno de cooperación y proactividad; empatizar con ellos potenciando el control de sus emociones; favorecer contextos de flexibilidad para afrontar la incertidumbre del cambio y premiar el esfuerzo y la tenacidad, frente al resultado.

A partir de ahí será más fácil aprender “el futuro” si la necesidad obliga.

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