La investigación y experimentación educativa en tiempos del COVID-19
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¿Y si repite el curso que viene el COVID-19?

El filósofo Emilio Lledó  reflexiona, en una entrevista publicada en el diario “El País”, sobre el tipo de enseñanzas que se pueden extraer de esta crisis y subraya otras plagas como el deterioro de la educación, de la cultura y del conocimiento. Al contestar a una de las preguntas de la entrevista afirma, de manera magistral, que “La experiencia es la esencia del conocimiento y esto (refiriéndose a los efectos de la pandemia) es lo contrario a lo experimentado y a lo conocido”.  Pensemos, a partir de esa reflexión, en lo que está suponiendo en la investigación y la experimentación educativa , estos tiempos del COVID-19.

Oímos y vimos que empezaba una epidemia en China, pero parecía poco creíble que llegará aquí, con este efecto devastador. Leímos informes que nos advertían de las consecuencias de este dichoso virus, distintas a todo lo conocido. Y de pronto (parece que ha pasado una eternidad) nos vimos confinados en casa y sustituyendo un sistema tradicional de educación presencial, por otro a distancia. Estamos experimentando desde lo desconocido; simultaneando, a su vez, un aprendizaje formal con uno informal.

Hoy, en los centros docentes, la mayoría de los directores  y de los docentes se han puesto a la vanguardia del sistema educativo. Hemos quedado detrás el resto.

Están experimentando, investigando e innovando; buscando la mejor solución para dar respuesta al contexto social que vivimos y del que son parte. Se está generando un activo de enorme interés, un capital humano que es la materia prima del sistema de enseñanza y así lo transmiten, muchos de ellos, al decir que están viviendo (en circunstancias muy adversas) un aprendizaje y un crecimiento profesional.

Algo parecido, en mi opinión, a ese crecimiento inteligente que para la Estrategia de Europa 2020, significaba la consolidación del conocimiento y la innovación como impulsores de nuestro crecimiento futuro.

Hoy, desde el confinamiento, vivimos pensando en la desescalada y calculando cuando nos vamos a incorporar al centro educativo. Preocupa (es lógico en nuestra sociedad) cómo se va a evaluar, a promocionar y a aprobar este curso. Pero no he escuchado que va a pasar si el COVID-19 se repite el próximo curso.

Hay muchas dudas de que volvamos este curso (en mi opinión, de hacerlo, se incorporarían los cursos que finalizan las etapas de secundaria, bachillerato, formación profesional y régimen especial, siempre, en condiciones de seguridad); por eso en las ruedas de prensa de quienes dirigen la política educativa se nos traslada que el curso que viene, después de una evaluación de diagnóstico, continua y formativa, que habría que aplicar este trimestre, abordaremos los aprendizajes pendientes, consecuencia de esta pandemia; en una hipótesis de vuelta a la enseñanza presencial.

No podíamos creer que esa pandemia nos afectaría de esta manera y tuvimos que recoger e irnos de una día para otro, trabajando desde la urgencia de la respuesta.

Hoy buscamos desesperadamente la opinión de los científicos, epidemiólogos, virólogos, etc. Los que antes avisaban. Y nos hemos puesto en su mano; o eso se dice.

A fecha de hoy, ojalá esté equivocado, no he escuchado a ningún científico, ni existe ningún informe de ninguna Institución prestigiosa que haya concluido que, en septiembre de 2020, el covid-19 esté controlado, con una vacuna o con un tratamiento médico que garantice la vuelta a la normalidad en las aulas. Hay motivos para la esperanza porque la ciencia a nivel mundial lo está investigando. Pero los tiempos de una respuesta completa (vacuna), al parecer, serían a más largo plazo.

En esas fechas habría una mayor población inmunizada, pero, perviven riesgos de contagios locales e importados. A su vez, se indica que, habría de mantenerse un distanciamiento social y sería recomendable el uso de mascarillas.

Podría haber, incluso un rebrote del virus en otoño (en Singapur ha vuelto el virus, una vez que se daba por controlado). El jefe del comité de expertos del Covid-19 en Shanghái, el doctor Zhang Wenhong, ha advertido de la «alta probabilidad» de que se produzca una segunda oleada de contagios a nivel internacional durante el próximo otoño e incluso un informe recientemente publicado en la prestigiosa revista Science, de la Universidad de Harvard, señala que será necesario implementar varias etapas de distanciamiento social hasta el año 2022, indicando que la COVID-19 se convertirá en una enfermedad estacional que se endurecerá en los meses fríos, y que la normalidad no llegará hasta dentro de un año y medio.

Dudar, al menos, de encontrarnos una situación de normalidad el próximo curso, es la opción que, en mi modesta opinión, debería contemplarse para planificar la respuesta del sistema educativo. Ya sea una respuesta global o localizada habría de atender la posibilidad de algún confinamiento temporal de parte de la comunidad educativa.

Además, de ser necesaria alguna medida de prevención y protección de la salud laboral del profesorado y del alumnado (del tipo distanciamiento social) habría que tener muy en cuenta los requisitos mínimos exigibles, en normativa básica, en cuanto a instalaciones y ratios de alumnado con que cuentan los centros educativos.

En definitiva, ante esta posibilidad de no vuelta a una completa normalidad el próximo curso, se hace necesaria una evaluación de los riesgos y la planificación de la prevención para ordenar un conjunto coherente y globalizador de medidas de respuesta educativa mixta (presencial y a distancia) laboral y asistencial, de acción preventiva adecuadas a la naturaleza de los riesgos que estamos viviendo.

Si como dice el filósofo “el conocimiento lo trae la experiencia”, habría que atender a sus palabras y “darle vueltas a qué tipo de conocimiento puede brotar de esta experiencia”, para que esta crisis se convierta en una oportunidad de cambio de paradigma del sistema educativo. En ese nuevo paradigma, los poderes públicos deben prestar una atención prioritaria, desde una perspectiva distinta a la del pasado, a la función directiva, la autonomía pedagógica, organizativa y de gestión de los centros educativos, a la cualificación y formación del profesorado, su trabajo en equipo, la dotación de recursos educativos y la investigación, la experimentación y la renovación educativa. Factores de calidad y equidad del sistema educativo, que habrán de afrontar los nuevos retos a los que se va a enfrentar el sistema.

No perdamos  el conocimiento y la reflexión sobre la propia acción, de los equipos directivos y el profesorado en la gestión de esta crisis. Para ello se hace preciso contactar con la evaluación fiable y válida de los técnicos de la materia: el profesorado y la inspección de educación.

 

 

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