Evaluación de diagnóstico en tiempos de COVID-19
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Adiós evaluación de diagnóstico, adiós.

Siempre y ahora, especialmente, ante una crisis tan grave en lo sanitario, social y económico las sociedades de nuestro entorno plantean a los sistemas de educación y de formación exigencias acuciantes, múltiples y, a veces, contradictorias.

De la educación y de la formación se espera que remuevan los obstáculos de origen e índole cultural, económica y social que atenazan el desarrollo de los niños y niñas; resuelvan los problemas de competitividad de las empresas y la crisis del empleo, así como el drama de la exclusión social y de la marginación. En definitiva se pide que la educación de nuestros jóvenes contribuya a superar sus dificultades actuales y, al mismo tiempo, les prepare para participar en un futuro en la vida económica social y cultural del país, que hoy más que nunca se demuestra impredecible y crítica.

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Es por ese motivo por lo que partiendo de contextos tan diferentes, enriquecedores en unos casos y desfavorecidos en otros, se configura como determinante el valor añadido que la evaluación ha de aportar a las escuelas, para cumplir con eficacia y prestar una educación de calidad y equidad reconocida legalmente.

John Dewey (filósofo, pedagogo y psicólogo) dijo: «La educación no es una preparación para la vida, sino que es vida». Hoy la vida está marcada por una pandemia; una tragedia como tantas otras de la historia, que tendrá muy graves consecuencias para los jóvenes, con una de las tasas de desempleo más alta de Europa (el doble de la media de la UE-27).

Hace unos días hice una reflexión sobre la evaluación en tiempos de pandemia; que puedes leer AQUI.

¿Qué contenido dar a la educación formal para reducir el déficit de conocimientos y competencias que el impacto de la pandemia tendrá en esta generación de estudiantes? ¿Qué hacer para no dejar a nadie atrás ante la grave amenaza de exclusión social, que traerá esta crisis para la población?.

Habría varias respuestas. Me centraré en dos.

Una sería la de facilitar que todo el alumnado, independientemente de sus circunstancias, cumpla con el tiempo de permanencia en la Escuela; entendiendo éste como la condición suficiente para alcanzar los fines del sistema educativo formal. Otra respuesta, se centraría en el proceso de aprendizaje del alumnado durante la evolución de la pandemia, aprovechando las potencialidades de la evaluación del sistema educativo, con el fin de diagnosticar las debilidades y fortalezas del sistema escolar. Porque la evaluación del proceso de aprendizaje del alumnado no es solo una tarea de los centros educativos, también lo era con finalidad diagnóstica, para los organismos responsables de los poderes públicos.

Cualquiera de éstas u otras respuestas pasan por las decisiones de la política educativa, que legalmente habría de orientarse por la evaluación del sistema educativo (artículo 140.b de la LOE ). Pero en este combate contra los efectos de la pandemia en educación, la evaluación de diagnóstico, aquella que tanto se proclamó en tiempos de la declaración del Estado de Alarma (se cita hasta 11 veces en la Orden EFP/365/2020, de 22 de abril, por la que se establecen el marco y las directrices de actuación para el tercer trimestre del curso 2019-2020 y el inicio del curso 2020-2021, ante la situación de crisis ocasionada por el COVID-19) ha caído el 30-09-2020, fecha en la que se publicó el Real Decreto-ley 31/2020, de 29 de septiembre, por el que se adoptan medidas urgentes en el ámbito de la educación no universitaria; que expresamente señala que “se suprimen las evaluaciones de final de etapa de educación primaria y secundaria obligatoria que, a partir del Real Decreto-ley 5/2016, de 9 de diciembre, han perdido todo efecto académico, teniendo únicamente un carácter muestral y finalidad diagnóstica”. Se suprimen y no aparecen sustituidas, por ahora. Siendo un factor al que los poderes públicos habrían de prestar una atención prioritaria (artículo 2.2, en la LOE, que mantiene la LOMCE)

El motivo de esta supresión habría de encontrarse en el preámbulo de la norma, que ofrece una cierta flexibilidad al legislador para exponer puntos de vista políticos o coyunturales que en la norma concreta no es posible incluir. En ese caso se dice que “En materia de enseñanza no universitaria, se hace necesario asegurar unos niveles comunes de exigencia que garanticen la calidad de los títulos académicos, al tiempo que se da respuesta a las diferentes situaciones generadas por la pandemia. Para alcanzar ese objetivo resulta imprescindible realizar algunas adaptaciones que permitan a los estudiantes continuar desarrollando su proceso de aprendizaje”. Considera el legislador que una de esas adaptaciones es la supresión de las evaluaciones finales, con finalidad diagnóstica, de las etapas de la educación básica en tiempos de pandemia.

¿Cuál era el objeto de esta evaluación?. Resumiendo, lo que pretendía era la evaluación de competencias (lingüística, matemática, básicas en ciencia y tecnología, social y cívica) y del logro de los objetivos de las etapas.

Sin los efectos académicos que proclamaba la LOMCE, estas evaluaciones diagnósticas tenían como objetivo aportar una información complementaria sobre el aprendizaje del alumnado. Una evaluación externa que contribuyera a reflexionar sobre la propia acción de los centros y pudiera aportar una valiosa información a los poderes públicos para reorientar sus decisiones.

Suprimida ésta, al menos, por ahora, nos quedará la evaluación que se haga del sistema educativo español, por instancias internacionales. Informes de pruebas de evaluación externas como PISA, PIRLS, TIMSS, TALIS, nos irán ofreciendo valoraciones diagnósticas de la educación española; desde una perspectiva científica.

Termino, como empecé. La educación constituye la base de la igualdad y es el método democrático de progreso de los ciudadanos a quienes debe facilitar una vida digna. La consideración de la misma como un hecho científico basado en la experiencia, encuentra en la evaluación la principal fuente de detección de problemas y de propuestas de mejoras para ofrecer a nuestros jóvenes la educación personal y profesional que les ayude a superar las dificultades de esta vida y evitar que el daño tenga un efecto indeseable en su futuro.

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