Calidad y equidad del futuro del sistema educativo con la COVID-19
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El futuro en la educación ya no es lo que conocíamos.

Ante el impacto de la pandemia en la educación de nuestros jóvenes, será fundamental reconstruir el sistema educativo, para afrontar el futuro y no seguir pensando en resolver los problemas recurrentes del pasado. Supone repensar sin referencias previas; pero las personas han demostrado a lo largo de la historia, como señala Noah Harari en su obra “Sapiens” su capacidad para “componer ficción” “cooperar de manera efectiva en gran número” y “adaptar su comportamiento social a retos cambiantes” como el que estamos viviendo.

El sistema educativo contemporáneo es una de las invenciones más ingeniosas de la humanidad; su objetivo es impresionante: que el ser humano alcance, con la educación, el máximo desarrollo de su personalidad y de sus capacidades.

Tal y como señala el Preámbulo de la Ley Orgánica de Educación (2006), la preocupación de las sociedades actuales, tanto en el pasado como en el presente, es la de ofrecer una educación capaz de responder a las cambiantes necesidades y a las demandas que plantean las personas y los grupos sociales. Entre otros fines de la educación, me interesa destacar en este artículo la capacitación para garantizar la plena inserción del alumnado en la sociedad digital y el aprendizaje de un uso seguro de los medios digitales y respetuoso con la dignidad humana, los valores constitucionales y los derechos fundamentales (artículo 2 de la LOE).

La concepción de la educación como un instrumento de mejora de la condición humana y de la vida colectiva ha sido una constante, aunque no siempre esa aspiración se haya convertido en realidad. Y ahora afrontamos retos que estando presentes en el pasado, requieren respuestas diferentes para afrontar un futuro que ya no imaginábamos.

Hay cuatro prioridades para los sistemas escolares en estos tiempos de la COVID-19: proteger la salud y la seguridad de los estudiantes, así como la del personal y del resto de miembros de la comunidad educativa; alcanzar un resultado de calidad del aprendizaje y la evaluación en escenarios no presenciales; apoyar al profesorado y al resto de personal de los centros educativos y, por último, el establecimiento de un incremento presupuestario que permita dotar de más recursos y medios al sistema, para equilibrar el impacto de la pandemia sobre la salud de las personas y el proceso de enseñanza y aprendizaje.

De manera transversal a estas prioridades gira una apuesta concreta por la equidad; que debe estar en el centro de la acción de los profesionales de la educación, una vez que los estudiantes regresan a la escuela al iniciarse el curso 20-21. Abrir las escuelas supone un riesgo para la salud, cerrarlas un riesgo para los alumnos más vulnerables.

Las crisis pueden ser un estímulo para la resolución creativa de problemas. Bajo la presión de la crisis de la COVID-19, los sistemas escolares pueden tener la oportunidad de repensar algunas de sus formas tradicionales de hacer las cosas. Porque las respuestas que nos empeñamos en dar fruto del pasado reciente son insuficientes para afrontar una epidemia que no atiende a las razones que sustentan al sistema educativo actual.

Tengo la sensación de que muchas de las respuestas de hoy son fruto de la necesidad de acomodar la evolución de una crisis a nuestros patrones de seguridad del pasado y no de la anticipación de soluciones creativas y diferentes que resuelvan las preguntas que nunca tuvimos la necesidad de hacernos. Quizás por eso, siendo fácil entender un relato de soluciones, éstas no convencen.

Nos fuimos en marzo con la idea de volver y abrimos ahora los centros con la idea de que podrán cerrarse algunos de ellos. Mientras tanto se han puesto sobre la mesa varias medidas, responsabilidad de las autoridades sanitarias, para preservar la salud de los miembros de la comunidad educativa, pero, en este tiempo, no se ha hablado del ejercicio efectivo del derecho a la educación en tiempos de semipresencialidad o de distanciamiento.

La Constitución Española (artículo 27) al reconocer como derecho fundamental que “todos tienen derecho a la educación” no define el modelo de prestación de este servicio público. Es la Ley Orgánica que desarrolla este derecho fundamental quien repara en señalar la presencialidad en un modelo de escolarización obligatoria hasta los 16 años de edad.

Hoy la Administración que ve superado ese primer escenario de exclusiva presencialidad, por la evolución de la pandemia (puedes leer un post sobre mi opinión el respecto de la evolución de la respuesta educativa, según se aproxime el inicio del curso AQUÍ), plantea otros nuevos para afrontar un futuro inmediato de semipresencialidad e incluso de enseñanza online. Pero no se observa una reflexión profunda sobre el modelo educativo de enseñanza- aprendizaje en estas circunstancias. Más allá de la puesta en marcha de plataformas o medios digitales, han sido pocas las ideas que apuestan por la selección, organización y utilización creativas de recursos humanos y materiales de maneras nuevas y propias que den como resultado la conquista de un nivel de calidad y equidad de la respuesta educativa acorde con las circunstancias excepcionales a las que nos enfrentamos.

Ofrecer una educación de calidad y equidad es claramente un desafío en las circunstancias actuales. La magnitud del desafío dependerá de la existencia, o no, de respuestas planificadas y medios para desarrollarlas.

Han de adoptarse decisiones que implementen el aprendizaje en línea sincrónico y asincrónico; diseñar modelos curriculares diferentes atendiendo a los distintos escenarios que provoque la pandemia; formar al profesorado en metodologías que favorezcan la protección de la salud de todos y faciliten la transición entre los modelos presenciales, híbridos y remotos; ofrecer una atención más personalizada con mayores cotas de presencialidad, si fuera necesario, para los estudiantes con necesidades de apoyo educativo en los modelos de semipresencialidad; impulsar el aprendizaje competencial; desarrollar modelos de evaluación vinculados a aprendizajes remotos; ofrecer oportunidades de aprendizaje y medios a los estudiantes más vulnerables; definir marcos de seguridad en materia de protección de datos del profesorado en los modelos de enseñanza a distancia, así como de las condiciones del teletrabajo en la docencia, involucrar a la comunidad buscando la cooperación efectiva, sustituir la inercia de hacer documentos por decisiones documentadas que ofrecen valor añadido al sistema, etc..

Por cierto! la toma de temperatura del alumnado, la protección del profesorado en materia de utilización de datos personales tales como la voz y la imagen al utilizar plataformas digitales, son temas que trato en un post de inspecciondeeducacion. com, que puedes leer AQUÍ.

En conclusión; una de las consecuencias de la denominada “nueva normalidad” es que las decisiones tomadas durante y después de esta crisis sanitaria mantengan o incluso aumenten la desigualdad y la ineficacia del sistema  educativo para dar oportunidades a todos. O podría ser que las decisiones adoptadas durante esta crisis conduzcan a la innovación y a un aumento de la capacidad de resiliencia de la comunidad educativa que provoquen el surgimiento de un modelo educativo reconectado con este futuro, que no es lo que nos imaginábamos.

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